El nombre de Clint Eastwood es casi una garantía a la hora de elegir una película. Como pocos realizadores contemporáneos, conoce perfectamente el uso del aparato cinematográfico para crear relatos interesantes. A veces, incluso, toma relatos interesantes por sí mismos para crear películas. Lo hizo con la batalla de Iwo-Jima con el díptico L ... Leer más El nombre de Clint Eastwood es casi una garantía a la hora de elegir una película. Como pocos realizadores contemporáneos, conoce perfectamente el uso del aparato cinematográfico para crear relatos interesantes. A veces, incluso, toma relatos interesantes por sí mismos para crear películas. Lo hizo con la batalla de Iwo-Jima con el díptico La conquista del honor – Cartas de Iwo-Jima; lo hizo recientemente con El sustituto y vuelve a hacerlo aquí con su visión peculiar de ese subgénero que es el film deportivo, Invictus.
En realidad, Invictus, basada tanto en un hecho real como en el libro que al respecto escribió el periodista John Carlin, es al mismo tiempo un film deportivo y un film político. La historia es la del Mundial de Rugby realizado en Sudáfrica durante los primeros meses del gobierno de Nelson Mandela, y de cómo a través del deporte y la adhesión a la Selección sudafricana, los Springboks, se logra algo así como un principio de unidad, un reconocimiento del otro en un país completamente dividido por el enfrentamiento racial.
El material tiene dos problemas fundamentales: la historia es tan excepcional que puede resultar increíble; y hay que manejar al mismo tiempo la trama político-social y la historia tradicional del equipo “que viene de abajo” para ganar lo imposible. Eastwood ejerce su talento equilibrando ambos elementos y manteniendo la tensión en ambos frentes. De hecho, es la combinación de ambas tramas la que permite que los aparentes lugares comunes funcionen como si los viéramos por primera vez.
Hay un tercer defecto en el material y se llama Nelson Mandela. Es un personaje tan extraordinario que se escapa de cualquier experiencia; de una bondad tan fuerte que puede resultar a todas luces increíble. Un personaje increíble es todo un desafío para un film o cualquier ejercicio narrativo, porque coloca a prueba nuestra credibilidad en el mundo que se nos pone delante. Más cuando sabemos que, efectivamente, Mandela es así como se lo pinta en el film. Eastwood, defensor a ultranza de cierto modo clásico de hacer películas, opta, para hacérnoslo creíble, por la estrategia de que lo interprete Morgan Freeman, el paradigma del negro bueno más férreo que ha dado el cine contemporáneo. Freeman, que es un gran actor, logra además inyectarle el humor y la ironía que distinguen a sus personajes. Curiosamente, esa característica puramente cinematográfica –que también se ejerce en el caso de Matt Damon– hace que el film sea creíble porque transforma la realidad en un cuento. Entramos en esa fantasía que nos inventa cada película y creemos en ella.
Aunque no faltan los lugares comunes y ciertas perezas simbólicas, Eastwood nunca pierde el pulso narrativo, que llega a su clímax en los partidos de rugby que ocupan buena parte del tramo final de la película. Allí, sin romper la tradición de transparencia del cine clásico, el realizador aprovecha las posibilidades del cine para hacernos partícipes de la experiencia deportiva. Algo crucial, ya que esa participación es la que dota de sentido a la fábula. A pesar de las alegrías y de las victorias, el film otorga ciertos rasgos para imaginar que no hay soluciones fáciles. Como esos dos guardaespaldas, uno negro y uno blanco, antes enemigos, que, al celebrar una victoria, casi se abrazan, pero no, sólo se dan la mano. Ese pequeño gesto breve es sabio y prueba de un ojo que no sólo sabe filmar, sino, especialmente, mirar.
Basada en el libro del periodista Jonh Carlin, El factor humano, la cinta más reciente de Clint Eastwood revive el momento en que la Copa Mundial de Rugby de 1995, reconcilió y regresó las esperanzas al pueblo sudafricano gracias a la terca visión de su nuevo presidente: Nelson Mandela.
Como ya es común en las cintas de Eastwood, el trabajo ... Leer más Basada en el libro del periodista Jonh Carlin, El factor humano, la cinta más reciente de Clint Eastwood revive el momento en que la Copa Mundial de Rugby de 1995, reconcilió y regresó las esperanzas al pueblo sudafricano gracias a la terca visión de su nuevo presidente: Nelson Mandela.
Como ya es común en las cintas de Eastwood, el trabajo histriónico suele ser único. En su tercera colaboración conjunta, Morgan Freeman logra interpretar satisfactoriamente al político. Tiene sus ademanes, capotea el acento, pero no le llega a su gran carisma. Aun así, sigue siendo una correcta mimetización para un proyecto actoral que se antojaba imposible, pero que acaba presentando a un mandatario honesto, humano y sí, inspirador. Después viene Matt Damon, quien da vida al capitán de la selección de Sudáfrica. Físicamente, pasaría como uno de los jugadores reales de este deporte, demostrando, además, cómo ser un capitán convincente frente a un equipo poco entusiasta. Es interesante verlo como líder después de tantos proyectos donde se maneja en solitario. Quizá por esa dualidad, el director lo ha llamado para protagonizar su siguiente proyecto, Hereafter, a presentarse a finales de este año.
No es lo mejor de Eastwood, es cierto, es un guión lineal y con subtramas removibles, una excepción en su filmografía usualmente profunda. Pero si se considera que está hecha para exaltar los valores del liderazgo y hermandad, se encontrará una gran producción –los enfrentamientos en la cancha tienen una fotografía y edición intensos –, con un buen trabajo de dirección de arte –en su mayoría se filmó en los escenarios reales–. Es atractiva aun para el público que poco sabe de este deporte, de sus héroes o sus momentos de leyenda. Eso sí, más vale verla como una cinta deportiva que biográfica, porque en esa categoría se planta mucho mejor.
–Carlos Gómez Iniesta
El nuevo filme de Clint Eastwood, utiliza el sueño americano para retratar la lucha de Nelson Mandela (Morgan Freeman) para terminar con la intolerancia racial en su país, evidenciando la dura convivencia de diferentes sectores de la sociedad de distintos colores de piel, obligados a vivir en armonía por el presidente electo.
Cuando Mandela a ... Leer más El nuevo filme de Clint Eastwood, utiliza el sueño americano para retratar la lucha de Nelson Mandela (Morgan Freeman) para terminar con la intolerancia racial en su país, evidenciando la dura convivencia de diferentes sectores de la sociedad de distintos colores de piel, obligados a vivir en armonía por el presidente electo.
Cuando Mandela asume la presidencia de Sudáfrica, tiene la difícil misión de unir a su nación, enfrentada por años de injusticias propiciadas por el color de piel. Para ello, promueve al hasta entonces desvalido equipo de rugby, a destacarse en el próximo campeonato mundial que se disputará en su ciudad.
Una estrategia política que usa Mandela para lograr la unificación de su país, busca objetivos comunes en ambos sectores de la población: el mundial de rugby. Una estrategia cinematográfica utiliza Eastwood para mostrar la resistencia de la población a convivir armónicamente: expone dos universos muy particulares que deben aprender a vivir bajo las nuevas normas: Uno es el equipo de rugby y el otro los guardaespaldas.
No por nada estos grupos son los representantes de la sociedad en su conjunto. Ellos son esencialmente violentos y manejan la fuerza como arma para valerse. El equipo de rugby, históricamente fue lugar de los “blancos”. Con sólo un jugador de color negro, deberá acceder a los mandatos de Nelson Mandela, representante -para ellos- de la otra mitad de la población.
Caso inverso es el de los guardaespaldas. Al asumir Mandela, el grupo de custodios es de color negro, pero rápidamente el nuevo presidente impone la incorporación de varios hombres “blancos” en el grupo, obligando a los "más rudos del asunto" a aceptarse mutuamente y trabajar en conjunto.
Mediante estos ejemplos Clint Eastwood expone el discurso pacifista de Nelson Mandela y su lucha por crear una sociedad unida, aunque se valga para hacerlo del trillado sueño americano. El sueño de Mandela pasa a ser sueño añorado por el equipo de rugby transmitido por su Capitán (Matt Damon). El discurso -de Mandela primero y del capitán del equipo después- no es otro que el ideal de lucha y esfuerzo para conseguir el triunfo y con ello el apoyo de toda una nación. Algo un poco atemporal por estos días.
Pero más allá de estas cuestiones “americanizantes” que Eastwood impone a parte de la historia de África, el director de Gran Torino (2008) produce un entretenimiento liso y llano, digno del mejor cine clásico norteamericano. Por más que la historia transcurra en tierras africanas.
Unificar a la nación
Por Rafael Aviña
Es cierto, sí, que Nelson Mandela, figura política trascendental durante y después del terrible apartheid sudafricano, ha sido inspiración para el cine. Así lo muestra el telefilme Mandela (Philip Saville, 1987) con Danny Glover como protagonista y El color de la libertad/Adiós Bafana (Bille Augus ... Leer más Unificar a la nación
Por Rafael Aviña
Es cierto, sí, que Nelson Mandela, figura política trascendental durante y después del terrible apartheid sudafricano, ha sido inspiración para el cine. Así lo muestra el telefilme Mandela (Philip Saville, 1987) con Danny Glover como protagonista y El color de la libertad/Adiós Bafana (Bille August, 2007), entre otros. No obstante, Invictus (EU, 2009) del incansable veterano Clint Eastwood, propone una visión más cálida y humana del personaje, a través de un melodrama deportivo como alegoría de una nación dividida por el odio racista. Para ello, ha contado con un actor de primer nivel como Morgan Freeman, capaz de hacer creíble a un Mandela cotidiano, dispuesto a unir a la población negra y blanca y a retirar la desconfianza y la violencia latente, siempre a punto de desbordarse. Los más de 20 años de cárcel han quedado atrás y la trama escrita por el eficaz guionista Anthony Peckham (Ni una palabra, Sherlock Holmes) a partir del libro de John Carlin, se centra en la designación de Mandela como primer Presidente elegido democráticamente y su empeño en llevar a la selección sudafricana de rugby al campeonato mundial como una manera de reconciliar a su pueblo. Por supuesto, Invictus no profundiza en la parte oscura del deporte nacional (control y enajenación masiva, comercialismo, violencia soterrada, ¡vaya!, como sucede aquí con el fútbol). Los encuentros deportivos son para Eastwood una metáfora del espíritu de lucha, como lo es el propio poema Invictus que inspiró a Mandela para resistir, mismo que regala a Francois Pienaar (Damon), capitán de los Springboks sudafricanos para llevar al equipo a la final de la copa hacia 1995 contra Nueva Zelanda. De ahí la escena inicial en la que niños pobres y negros vitorean a Mandela tras la alambrada de una improvisada cancha que los separa de las lujosas instalaciones deportivas para adolescentes blancos y pudientes. No faltan los momentos alegóricos demasiado obvios, como la escena en las celdas que alojaron a Mandela, o aquella del niño negro y los policías escuchando la final de rugby o la tensión que van liberando poco a poco los guaruras negros y blancos del presidente. Incluso, las escenas en cámara lenta del partido. Con todo, Eastwood demuestra una vez más su eficacia y su entusiasmo en una respetuosa y políticamente correcta historia comercial de calidad.
Primero, la buena noticia: Invictus es una historia muy interesante que reconstruye, a partir de la minuciosa investigación del libro El factor humano , de John Carlin, un caso real que unió deporte y política con Nelson Mandela como gran protagonista. Ahora, la mala: su versión cinematográfica hollywoodense no alcanza a profundizar en la c ... Leer más Primero, la buena noticia: Invictus es una historia muy interesante que reconstruye, a partir de la minuciosa investigación del libro El factor humano , de John Carlin, un caso real que unió deporte y política con Nelson Mandela como gran protagonista. Ahora, la mala: su versión cinematográfica hollywoodense no alcanza a profundizar en la complejidad y las múltiples facetas de aquellos acontecimientos ni está a la altura de los mejores trabajos de ese enorme director que es Clint Eastwood.
La película arranca unos meses antes de la Copa del Mundo de rugby que Sudáfrica debía organizar en 1995. Luego de pasar 27 años en prisión, Mandela -electo presidente con el apoyo masivo de la población negra y ante el estupor de los poderosos defensores del viejo sistema del apartheid- decidió utilizar ese evento deportivo como manera de cohesión social. La tarea no era sencilla: el seleccionado local, conocido como los Springboks, se encontraba en pésimas condiciones (había sido suspendido de todas las competiciones internacionales) y era odiado por la inmensa mayoría del pueblo, que incluso solía apoyar a viva voz a sus rivales.
A pesar de la oposición de muchos de sus seguidores, Mandela (interpretado con solvencia por Morgan Freeman) decide buscar una alianza con el capitán de los Springboks, François Pienaar (Matt Damon), para que éste lidere un fuerte entrenamiento, consiga crear una mística dentro del grupo e inicie una campaña pública para que la gente se reconcilie con el equipo.
La película aborda algunos temas recurrentes en la filmografía de Eastwood (la violencia y el perdón, la relación maestro-discípulo), pero el director de Los imperdonables y Gran Torino dilapida buena parte de los hallazgos de la historia con una puesta en escena por momentos obvia, grandilocuente y convencional, que hace explícitos todos y cada uno de los tópicos del relato: la compasión, la generosidad y la moderación como atributos para superar el cisma social luego de tantos años de racismo y así sanar las heridas abiertas y evitar la venganza del ojo por ojo.
Los diálogos didácticos, la inclusión de la voz en off de los noticieros televisivos y las secuencias que parecen editadas y musicalizadas como si fueran especiales de un canal deportivo conspiran contra una mirada más intimista, contra una mejor construcción psicológica de los personajes y contra la conexión emocional frente a hechos de semejante magnitud y alcance.
De todas formas, y más allá de las metáforas obvias y de las concesiones apuntadas, la mano firme de ese gran narrador que es Eastwood, la ductilidad de sus dos protagonistas, el cuidado de la producción, la categoría de los habituales colaboradores del director, y la potencia dramática de los eventos que aquí se describen terminan por redondear un film bastante atendible.
Diego Batlle
Invictus
"Regular"
"Invictus no nos muestra el talento a que estamos acostumbrados a ver en los films de Clint Eastwood. Filmada de forma aletargada, cansina . Un guión pobre , sin mucho desarrollo. La película se centra en tres aspectos: El gobierno de Mandela y sus ansias de darle el triunfo de la Copa Mundial de Rugby a Sudáfrica, la situación de los hombres de seguridad del presidente sudafricano y por último en Francois Pienaar, capitán del equipo de rugby.
Los partidos de rugby están filmados con prolijidad pero friamente, les falta emoción e intriga.Recién en el último partido , Eastwood nos muestra algo de suspenso.
Lo mejor es la muy buena actuación de Morgan Freeman que nos entrega un afable Nelson Mandela preocupado por su patría. Matt Damon como el capitán Pienaar en un trabajo correcto y convincente"